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Il 31-VIII-1995, al termine del viaggio pastorale in Messico, Mons. Echevarría ha celebrato la Santa Messa nella Basilica di Nuestra Señora de Guadalupe, a Cittá del Messico, e ha pronunciato la seguente omelia .

Te damos gracias, Señor. Te damos gracias, Trinidad Santísima, porque nos concedes este don de poder reunirnos aquí para adorarte, por la intercesión de Santa María, nuestra Madre de Guadalupe. ¡Cuántas cosas querríamos que saliesen de nuestras almas, no buscando palabras bonitas sino hablando con sinceridad! Santa María, Tú eres el camino que nos ha traído a Dios y que nos lleva a Dios. Venimos a ponernos a tus pies con devoción de hijos, confiados en que nos escuchas, con la seguridad de que nos amas.
Hace veinticinco años, pasó por esta tierra bendita de México un hijo tuyo que te amaba con locura: el Fundador del Opus Dei. Tenía por costumbre hablar contigo de todo lo que pasaba por su cabeza y por su alma: la Iglesia, el mundo, las almas todas. Y aquí vino confiado, seguro de que Tú, Omnipotencia Suplicante, no podrías dejar de escuchar su oración de hijo necesitado. Y así venimos ahora cada una y cada uno de nosotros. ¡Madre!, recuerdo perfectamente aquella plegaria llena de unción sacerdotal, llena del sentido de la Comunión de los Santos, para alcanzar a todos los Continentes, y al mismo tiempo apoyándose en la fe de este pueblo mexicano. Levantaba su mirada a tu imagen preciosísima, dándote gracias porque un vez más has querido estar tan cerca de tu pueblo y, concretamente, tan cerca de este pueblo mexicano. Pensando que su oración personal era pobre —en realidad era muy rica, porque estaba llena de amor de Dios y de correspondencia heroica a la gracia—, pero persuadido de que su oración no era suficiente, se apoyaba en la fe sencilla, en la fe teologal de este pueblo que viene a alabar a la Virgen, y con la Virgen a adorar a Dios.
Pues nosotros, ahora, hacemos lo mismo. Yo os invito a que nos acojamos a esa intercesión poderosísima de nuestra Madre del Cielo, con la fe con que —en esta tierra bendita— hincó sus rodillas el Beato Josemaría, bien seguro de que esta Madre Santa no podrá dejar de escucharnos en lo que le digamos.
¡Señora!, nosotros no te pedimos, sino que te exponemos nuestras necesidades, porque acatamos tu voluntad, que coincide con la Voluntad de Dios. Eres la criatura que ha cumplido siempre perfectamente la Voluntad de Dios. Métete aún más en nuestra vida y haznos amar la vida divina en cada uno de nosotros. Que amemos la ley de Dios, que la pongamos como principio de nuestras vidas personales. Que amemos los sacramentos, que acudamos a la Eucaristía como a la fuente de todo verdadero Amor y de la verdadera eficacia; y para llegar a la Eucaristía con el alma siempre más limpia, haz que amemos y practiquemos el santo sacramento de la Confesión. Queremos acercarnos, Señora, a ese perdón que nos concede tu Hijo para ser mas dignos de estar con Él, y contigo, y con todas las personas santas que han amado a tu Hijo con locura, como el Beato Josemaría. Madre, Madre nuestra Santa María, te decimos que queremos aprender de tus modos de hacer, de tus palabras, de tu respuesta; que aprendamos a amar. Y damos gracias a este Dios nuestro porque te ha puesto a ti como camino para llegar a Él. ¡Qué seguridad tenemos de que nos escuchas, mientras te exponemos nuestra pobre personal miseria! Madre, cámbianos, para que seamos dignos de alabar y de servir a Dios.
Y ahora te exponemos lo que llevamos dentro del alma: la Iglesia Santa, la Iglesia de tu Hijo. Cuídala, Madre, y haz que todos los que formamos parte del pueblo de Dios, y, concretamente, los que formamos parte de esta porción del pueblo de Dios que es la Prelatura del Opus Dei, nos decidamos —todos y todas, cada una y cada uno— a vivir fidelísimamente esa llamada a la santidad que Dios ha dirigido a todos los cristianos.
¿No os da alegría pensar que ese Dios nuestro, Uno y Trino, se dirige a cada uno de nosotros para decirnos: Yo te he creado, te he dado el alma, todas tus potencias, todos tus sentidos, para que, una vez purificado, vengas a gozar del verdadero Amor? Hijos míos, sintamos el peso santo de la Iglesia, y que esta responsabilidad nos lleve a comportarnos en todos los lugares como buenos hijos de Dios, como hijos que saben hacerse cargo del compromiso importantísimo que esto significa.
Te pedimos por el Santo Padre, el Papa Juan Pablo II. ¡Cuánto se apoya en vosotras, cuánto se apoya en vosotros! Sois recurso constante para su urgencia ante el Señor por las distintas intenciones de su alma. Tenéis esta bendita responsabilidad, mexicanas y mexicanos. Tenéis este peso que os debe llevar, como a todos, pero especialmente a vosotras y a vosotros, a arropar, a sostener, a ayudar a este Santo Padre que va dejando día a día toda su vida con generosidad, en servicio de la Iglesia y de las almas. Madre, Tú que tienes esas entrañas maternales, Tú que te ocupas de todos tus hijos, ocúpate ahora también de quien desde muy joven te ha dicho con toda la entereza de su vida que quiere ser Totus tuus, todo tuyo. Cuídale en su persona, cuídanoslo; te lo decimos como hijos que somos del Papa. Protégelo, ayúdale, atiende sus intenciones, haz que viva con la alegría que siempre ha difundido a su alrededor por haber estado siempre contigo y, por tanto, con la Santísima Trinidad.
Te pedimos por todos los Obispos del mundo, Madre. Tú eres especial protectora de quienes tienen este encargo divino de ser Pastores del pueblo de Dios. Asiste a todos los Obispos, concédeles y concédenos la gracia de amar cada día más a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo. Te pedimos por los sacerdotes, para que se enamoren siempre más de ese Hijo tuyo que se les ha entregado, de modo que sean ministros santos y continuadores eficaces de su único Sacerdocio eterno. Madre, cuida a todos los sacerdotes y danos muchos más sacerdotes en el mundo entero. Que nosotros, con nuestra oración, con nuestro trabajo, con nuestra respuesta como cristianos, obtengamos de tu Hijo la gracia de que haya muchos sacerdotes santos, entregados, heroicos, en los cinco Continentes.
Te pedimos por las familias, Madre. Tú que eres modelo de las madres de familia, enseña a los esposos a santificar su amor, a ejercitar con alegría esa participación en el poder creador que Dios les ha concedido, viviendo santamente en el matrimonio. Madre, defiende a la humanidad de tantos ataques que quieren deshacer la sociedad familiar. Te lo pedimos instantemente. Recompón las familias que estén disueltas, haz que los esposos se amen cada día más, y que estén bien convencidos, como enseñaba el Beato Josemaría, de que esa vocación matrimonial, esa llamada de Dios que comporta amor y alegría, comporta también el sacrificio, la generosidad, la disposición constante de servirse el uno al otro para servir también a los hijos.
Te pedimos por todos los fieles, para que contribuyendo cada uno de nosotros con nuestra oración, con nuestro trabajo y con nuestra generosidad, difundamos ese mensaje que en el año 1928 quiso tu Hijo poner en el alma y en el corazón del Beato Josemaría. Sí, hijos míos, me gustaría decirlo con la fuerza con que lo fue predicando por todos los lugares quien tan santamente respondió a la Voluntad de Dios. Sí, hijos míos, todos vosotros —cada una y cada uno—, allí donde Dios os haya colocado, allí podéis y debéis ser santos, podéis y debéis encontraros con Dios, podéis y debéis amar más y más a Dios. Y así, con esa fortaleza que proviene de la unión con Dios, ayudaréis a que otras muchas personas se entreguen y se den cuenta de esa posibilidad de vivir gustosamente como hijas y como hijos de Dios en el lugar en que se encuentren.
Precisamente por esto, Señor, siguiendo las enseñanzas del Beato Josemaría, te pedimos por todas las enfermas y todos los enfermos del mundo. Que amen esa caricia que les hace tu Hijo; que entiendan, como predicó el Fundador del Opus Dei, que la enfermedad es una riqueza, un tesoro para la Iglesia; te pedimos, sí, que les concedas la salud física, si es lo que conviene a sus almas; y, si conviene otra cosa, que amen fidelísimamente su enfermedad, como un punto de encuentro y de purificación para sí mismos y para toda la humanidad. Que se sientan felices portadores de esa cruz que el Señor les ha confiado.
Te pedimos por todas las personas que sufren indigencia material. Resuelve, Señora, las situaciones en que se encuentran. Dales la paz para que sientan la alegría de poder trabajar con tranquilidad al servicio de Dios y al servicio de la patria. Resuelve los problemas de todos los que estén necesitados de una manera o de otra, y te decimos otra vez: Santa María, te hemos expuesto las cosas, Tú concédenos lo que quieras.
Vino aquí a pedir el Beato Josemaría y se marchó de México después de haber acabado la novena, el día 24 de mayo, mientras decía: me voy tranquilo, he hecho lo que tenía que hacer, dejo en las manos de Santa María todo lo que llevaba en mi alma, mis dolores y mis alegrías, mis ocupaciones y mis deseos. Me voy con la tranquilidad de que Ella, Reina y Madre de todos, habrá resuelto lo que más nos convenga. Dirigiéndose a esta Madre guapa, a esta Madre que nos protege, a esta Madre que está pendiente constantemente de nosotros, le decía con toda la intensidad de una oración vivida, alegre, sincera: Madre, te doy gracias y quiero ir cantando por todos los rincones del mundo que Tú eres la auténtica Madre de tus hijos, que no se olvida nunca de ellos. Pues habladle vosotros de vuestras vidas y de las vidas de quienes están a vuestro alrededor, de las vidas de las gentes de esta nación mexicana, de las vidas de todas las personas del mundo, para que todos de verdad encontremos la luz del Maestro. Y así, como hemos leído en el Evangelio, nos dediquemos a proclamar con nuestra conducta las maravillas de Dios.
Hijas mías, hijos míos: todos los cristianos somos elegidos de Dios, para vivir de acuerdo con los mandatos de Cristo y extenderlos por el mundo entero. No le digamos que no; procuremos, si es necesario, cambiar de vida para comportarnos de acuerdo con lo que Dios nos pide, acomodándonos enteramente a su Voluntad. Lo dejamos en tus manos, Madre. Y, como el Beato Josemaría, te damos gracias porque nos escuchas y vas a obtenernos de Dios lo que más nos convenga. ¡Que Dios os bendiga!

Romana, Nº 21, Luglio-Dicembre 1995, p. 359-362.

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